Un
camino de memoria y verdad en la Ex ESMA
Fusión extraña de vida y muerte, se asoma resplandeciente la
balanza de la justicia y florece la eterna primavera de la verdad. Allí, con
vistas hacia una ensordecedora avenida y suntuosos edificios, se impone en una
batalla por perdurar en el tiempo, la ex Escuela Mecánica de la Armada. Renace
entre las cenizas de un pasado de olvido, impunidad y terror para enfrentar a
un presente que iza la bandera de la memoria y la democracia.
A las 14 horas del jueves 24 de Octubre, un grupo de estudiantes
acompañados por su maestra de Lengua y Literatura, se reúne en el sector de
información con otra docente, una licenciada en Comunicación y varias personas
más a la espera del comienzo de la visita guiada organizada por el Ente Espacio
para la Memoria y para la Promoción y Defensa de los Derechos Humanos. A la
izquierda del hall, en dirección perpendicular a la mesa de recepción, un joven
lee los afiches que relatan la historia de Miguel “Miga” Bru, desaparecido el
17 de Agosto de 1993 cuando la policía bonaerense lo secuestró y asesinó a
golpes en la Comisaría 9º de La Plata.
Quince minutos después, Tito, el guía, los reúne frente al
mapa del lugar y comienza a explicar el recorrido que realizarían. Tras una
breve presentación de algunos de los visitantes, Carlos Muñoz inicia el relato
que los acompañaría durante todo el camino. La historia narrada, su pasado
hecho presente en esos esfuerzos por recordar, forman una amalgama, una mixtura
entre la militancia, los chistes de Sergio “Yoyi” Martínez, el olor a mate
cocido y otras escenas que oscurecen la imaginación, nublan la vista y viajan
hacia allí con capuchas, esposas y grilletes. Su historia no es una más como él
insistentemente subraya, es única en su singularidad y en la constitución de su
identidad pero también representa una parte de las vidas de Ana María Malharro,
de Thelma Jara de Cabezas y de tantos otros que tuvieron la desdicha de pasar
por allí durante la última dictadura cívico-militar.
A Carlos lo secuestraron en su domicilio el 22 de Noviembre
de 1978, junto con su mujer Ana María y su hijo, en el marco de un “operativo”
del grupo de tareas a cargo de Alfredo Astiz. Con esa arrogancia y crueldad
uniformada, lo llevaron a la ESMA donde lo torturaron y lo bautizaron “caso
261”. Durante las primeras semanas estuvo en “Capucha”, sitio que se encontraba
en el altillo en el cual los detenidos estaban esposados y encapuchados, condición
de la que proviene su nombre. Hacia finales de ese año una detenida que estaba
por ser liberada se acercó y le preguntó si tenía algún oficio, él respondió
que era operador gráfico, y ella le prometió que eso le serviría para salir de
ese sector. Al poco tiempo Carlos comenzó a trabajar falsificando documentación
en el sótano y haciendo el revelado de fotografías, suplicando día a día y en
silencio que su nombre no figurara en la lista de los miércoles.
Bajo la sombra y el aroma de los eucaliptus, los visitantes
caminan sigilosamente y en puntas de pie hacia el antiguo casino de oficiales
de la Marina, como si intentaran no pisar las huellas de los traslados, las de
aquellos a quienes treinta y siete años atrás esa misma avenida vestida de
verde había intentado silenciar. Por momentos el grupo se dispersa, algunos
conversan con Tito, otros se detienen en un esfuerzo por transportarse en el
tiempo mientras toman fotografías de cada cartel, de cada señal, de cada
recuerdo, de cada prueba.
Realizan la primera parada frente a la torreta de vigilancia que
en esos fatídicos años cerraba el paso con una pesada cadena cuyos rastros aún permanecen
en el pavimento. Carlos cuenta que el control para atravesar ese lugar era muy
estricto. Los oficiales tenían una contraseña, generalmente asociada con
movimientos de ajedrez. Al llegar al acceso al Casino, interrumpen la caminata.
“La Comisión
Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), que depende de la Organización de Estados Americanos (OEA), viene en el año 79 a verificar una serie
de denuncias que había en el exterior sobre violaciones a los derechos humanos
que se cometían acá, en la Argentina”, comienza a relatar Tito. Para las
Fuerzas Armadas esta concesión formaba parte de una estrategia eminentemente
económica dado que el gobierno de Estados Unidos, en el marco de la Guerra
Fría, condicionaba el otorgamiento de créditos a aquellos países que violaran
los derechos humanos. Puesto que entre otros lugares, la CIDH visitaría la ESMA,
los militares decidieron realizar algunas modificaciones. Esos cambios
incluyeron reformas edilicias: techaron una parte de la galería, cubrieron la
escalera que conectaba al sótano desde el interior del lugar y el ascensor, con
el fin de desacreditar los relatos de quienes habían estado secuestrados allí.
Durante la visita del organismo internacional, los detenidos tuvieron
dos destinos. “Al grupo que estaba
trabajando como mano de obra esclava, del cual yo formaba parte, nos subieron a
un micro militar, esos verdes, y nos llevaron hasta el Tigre. Luego en un barco
de la Prefectura Naval y nos transportaron a una isla que se llamaba El Silencio.
Fue un recorrido de tres o cuatro horas”, cuenta Carlos. Otro grupo que estaba en “Capucha”, fue
conducido hacia el mismo lugar pero encapuchados y con grilletes durante la
noche. En los legajos del tercer grupo los uniformados habían escrito la “T”. Luego
de inyectarles “pentonaval” (pentotal) en el sótano, los trasladaron hasta el
Aeroparque Metropolitano y allí los arrojaron al agua en esa siniestra maniobra
que años después fue conocida como “Los vuelos de la muerte”.
En la isla había dos casas, una en la que estaban los
detenidos que tenían asignada una tarea, y la otra, cuyos pilotes estaban
cubiertos con material, en donde alojaban a los que habían estado en “Capucha”.
Allí realizaban tareas que demandaban esfuerzo físico como talar árboles o
extraer formio para “pagarse la estadía”. Entre sus compañeros, Carlos recuerda
a Thelma Jara de Cabezas, una mujer que había sido secuestrada y fuertemente
torturada por buscar a su hijo Gustavo. Afortunadamente durante el mes que
estuvieron en ese sitio, se olvidaron del pan duro y la carne naval ya que ella
era la encargada de la cocina. En una oportunidad, la sacaron de allí y la
llevaron a una confitería llamada Selquet, ubicada en Figueroa Alcorta y La
Pampa, para ser entrevistada por periodistas de la Revista Para Ti. “Marcelo”, alias
que utilizaba el entonces Capitán Ricardo Miguel Cavallo, la obligó a declarar
que no estaba secuestrada sino huyendo de los Montoneros.
La visita guiada continúa en la planta baja del Casino, donde
funcionaba el servicio de “Inteligencia”. El primer lugar que señala Tito es
aquel donde una vitrina había tapado el hueco de la escalera en el acceso al
Salón Dorado. Luego de unos minutos, bajan al sótano en donde convivían por
aquellos años el taller de documentación, el laboratorio fotográfico, el cine,
junto con la enfermería en la que reanimaban a los que convulsionaban, producto
de la tortura que sufrían en las salas aledañas. Con la arrogancia de dioses, los
militares controlaban la vida y decidían cuándo, dónde y de qué modo iban a
darles la muerte a los secuestrados. Antes de salir de allí, Tito señala un
hueco en la pared y explica que hace unos meses se descubrieron los resortes
que prueban la existencia del ascensor y validan los relatos de los
sobrevivientes que escuchaban el ruido del motor.
Ya han transcurrido dos horas desde el inicio del recorrido,
los visitantes suben al tercer piso. En el ala izquierda se encuentran con “La
pecera”, donde funcionaron en diferentes épocas una redacción, el archivo y la
biblioteca, y “El pañol” que utilizaban como depósito para guardar las
pertenencias que les robaban a las personas secuestradas.
Llegan al ala derecha, un lugar turbador e inquietante. “Yo estaba acá y Ana María en frente,
hablábamos por señas”, dice Carlos señalando dos celdas enfrentadas que
están divididas por un pasillo central. “Capucha” condensa escalofriantes
imágenes, gritos desgarradores y llantos en los ojos vidriosos de los
visitantes. Sólo recuperan el aliento en algunas ráfagas del relato, cuando en los recuerdos de Carlos aparece el
chocolate, los cigarrillos, las muestras de solidaridad aún en las peores
circunstancias y el amor, sus corridas fugaces desde el sótano hasta allí para
darle un beso a su compañera.
Una de las jóvenes pregunta tímidamente si había pensando en
la posibilidad de fugarse. Carlos le dice que huir no estaba entre las
posibilidades, “había como un acuerdo no
dicho de que nadie se escapaba para no complicarle la vida a los que se
quedaban. Además, ellos tenían un control muy estricto de la familia de uno,
sabían sobre tu viejo, tu vieja, tu hermano, tu hermana, tu mujer, tu hijo”.
Pero, si con la amenaza latente no alcanzaba, los cínicos que comandaban aquel
lugar tenían otra estrategia y Carlos la recuerda: “Cuando se escapó ´nariz´, después de un tiempo lo capturaron, lo mataron y lo trajeron acá”,
y a quienes hacían trabajo esclavo los obligaron a desfilar alrededor del
cuerpo a modo de prueba de lo que sucedía con quienes desafiaban su autoridad y
rompían las reglas que unilateralmente el teniente, el comandante y un
restringido círculo de elegidos habían definido para todos.
Luego de 3 horas de visita, se acerca el final del recorrido.
El grupo se dirige al último sitio de ese edificio: la habitación donde tenían
prisioneras a las mujeres embarazadas a mediados de 1977. Carlos relata que en
una época estaban en “Capucha” hasta los últimos meses del embarazo y los
primeros partos se hacían en la enfermería y que luego, por la lucha de algunas
compañeras, habían podido conseguir que les dieran esas habitaciones.
Son las huellas del espanto, imposibles de reproducir en
palabras y difíciles incluso de imaginar. Capucha, grillete, picana, mujeres embarazadas,
bebés apropiados son imágenes inverosímiles, absurdas, funestas que no se
pueden simbolizar pero se viven y se sufren en lo más profundo del cuerpo. Es
ese dolor hecho carne, indiscernible por los sentidos, deja al descubierto la
vulnerabilidad más primitiva, que punza en las entrañas mismas del ser humano.
Ana María logró salir de la ESMA luego de tres meses
de cautiverio. No obstante, Carlos tuvo que esperar hasta Febrero de 1980 para
obtener la tan ansiada “L” y reencontrarse afuera con su compañera.
De regreso al Salón Dorado, un joven le pregunta si hubiese
querido hacer justicia con sus propias manos. Sin embargo, no son los
sentimientos de odio ni de rencor los que invaden el presente de este
sobreviviente. Que los autores materiales, los ideólogos y los cómplices
militares y civiles sean juzgados por la sociedad, que se los someta a juicio
oral y público y se les otorgue el derecho a defensa es la mejor forma de hacer
justicia. Y que se realicen visitas a los ex centros de detención, tortura y
exterminio para romper el pacto de silencio y connivencia que durante muchos
años mantuvo impunes a los responsables es uno de los más preciados logros de
la democracia.
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